
Pero yo no estaba solo. Ya al terminar mi adolescencia había salido de aquella
sombría soledad infantil que me había salvado el alma del encandilamiento precoz de
los muchachos de mi edad. Yo también tenía un corazón. Hasta entonces todo el amor
comprimido y del cual estaba colmado, me lo había dado a mí mismo. Me habían
conmovido mis casos, mi vida sin objeto y sin salida. Había llamado a la muerte para
que me llevase, en malos y patéticos versos italianos y franceses; había llorado por
aquella mi vecina y obscura muerte. Por la noche, pensando en mí, en mi suerte
miserable de hombre a quien estaba cerrado todo camino y negada toda alegría,
lloraba. De día llevaba en mis ojos cansados y en mi vestimenta siempre negra, una
especie de luto anticipado por mí mismo.
Tenía necesidad de afecto. Quería sentir una mano en mi mano, quería ser
escuchado y escuchar: tener alguien a quien decirle en secreto, en el abandono
inolvidable de las primeras amistades, aquellos sentimientos, aquellos deseos y
pensamientos, que no se pueden decir a los padres y a las madres. Quería alguien
igual a mí, para trabajar juntos, alguien mayor que yo para aprender, para ser guiado,
alguien inferior a mí, para ayudar y enseñar.
Espiaba en los rostros y en los corazones y la mayor parte de las veces no
encontraba más que compasión o desprecio, o lo que es peor aún, esa odiosa y
demasiado fácil camaradería de los jovenzuelos mal acostumbrados que le toman a
uno del brazo y le hablan de casinos y de bicicletas. De los compañeros de escuela,
francamente, no quería saber nada. ¡Qué gente! Filisteos satisfechos, de pantalón
corto, fatigados, lívidos y masturbadores: estúpidos, pendencieros —y aquel odioso,
falso y atildado «primero de la clase». No, no. Yo quería corazones amorosos, y
especialmente cerebros activos y abiertos. Gente como yo: de esos que en la escuela
hacen mala figura, pero que leen, piensan, rumian y tienen curiosidades insólitas y
sueños extravagantes en la cabeza. Uno solo encontré en la escuela, pero no era
escolar: era un maestro. Maestro por necesidad y poeta por naturaleza. Joven y
generoso como era, supo descubrir en mis palabras y en mis observaciones el alma
que para todos era muda. Su llegada a mi vida, fue como la aparición de la primera
estrella en la larga expectativa de un crepúsculo vespertino. El animó mis vagabundas
rebuscas literarias, y a pesar de serme superior, me consideró su igual. Fue el primero
que en aquel muchacho solitario supo ser un hombre.
Pero él solo, por cordial que fuese su paternal amistad, no me bastaba, yo buscaba
los jóvenes, jóvenes como yo, y tanto busqué que a los pocos años formé parte de
grupos y cenáculos que me parecían, al principio al menos, banquetas y paraísos de
inteligencia.
Empecé comunizando con dos estudiantes de más edad y más instruidos que yo
(¡sabían latín y griego!) con los cuales fundé una especie de congregación literaria
que se llamó la «Trinidad». Se hizo el estatuto en regla y se nombraron los cargos:
cada uno de nosotros fue algo allí.
Nuestra ley ordenaba que cada cual, por tanto, debía sostener una tesis y escribir
una especie de memoria que debía ser leída y discutida por los otros dos, a los cuales
se les imponía, so pena de vergüenza, estar siempre en contra del tercero.
Cuando llegó mi vez, volqué en un cartapacio de más de cien páginas una
disquisición violenta y cavilosa acerca de los «Promessi Sposi». Odiaba este libro
desde cuando en la escuela me había tocado durante un año entero, hacer el análisis
lógico y gramatical de las mediocres desgracias de Renzo Tramaglino y de Lucia
Mondella. Aquella campesina sin pasión, aquel cura necio y bellaco, aquel fraile que
tenía siempre pronta bajo la sotana la prédica o la bendición, aquel desconocido que
se las da de terrible en serio y luego se deja impresionar por los sollozos de una
plebeya beata y humillar por la liviana oratoria de un santo, me aburrían y me daban
rabia. No sentía cuanto hay de arte puro y grande en muchas páginas de ese libro
famoso; en tanto aquel aura piadosa que allí alienta, aquella aquiescencia servil a los
deseos del Señor Dios, aquel castigo ejemplar de los pecadores acompañado del
triunfo discreto de los Simples y de los desgraciados, me hacían rebelar con todo el
fuego de mi espíritu satánico y carduciano.
Leí en el campo bajo un vivo cielo de febrero, mi disquisición a los otros dos —
convertidos luego en egregios y respetables servidores del Estado—; les hice una
impresión pésima. ¿Pero cómo? ¿El más pequeño, el más joven de la trinidad,
meterse a discutir, a burlarse y desmenuzar una de las obras maestras del genio
Italiano? Bien están la audacia, el coraje, la falta de prejuicios —pero hasta este
punto no, verdaderamente. La discusión se hizo más agria y litigosa de lo habitual.
Volví a ver a menudo a mis dos censores y seguimos hablando, pero de la «trinidad»
no se habló más ni entonces ni nunca.
Por fortuna, poco tiempo después encontré un hombre —tenía bastantes más años
que yo— que era todo lo contrario de los otros; poeta, (es decir, escribía poesías en
verso y en prosa); músico (tocaba la flauta), entusiasta, cordial, y extravagante, como
yo quería y deseaba. Conocía y amaba a los mismos escritores de mi corazón (Poe,
Walt Whitman…); me inició en Baudelaire; me dio a leer libros maravillosos y
nuevos para mí: Flaubert, Dostoievsky, Anatole France.
Su vida era doble: administrador, o que sé yo qué durante el día, era un soñador
ardiente y apasionado por la noche y los domingos. Escribía muchísimo, y había
encontrado el modo de publicar algo suyo en los diarios. Me hizo conocer a otros
amigos, artistas o que querían serlo: un poeta delicadísimo, rico de imágenes,
lánguido de todas las melancolías, heiniano y dannunziano a la vez, lector furibundo
de todas las literaturas, y en el fondo, escritor de raza. Era alto y fino como el tallo de
un lirio; pálido como un novicio místico, púdico y frágil como una virgen, pero
estaba tísico y murió pronto.
Conocí también a un pintor misterioso y fúnebre, apasionado de Boecklin; a un
violinista medio loco, improvisador furioso (al piano) de marchas triunfales; a un
compositor principiante, que andaba perpetuamente en busca de libretos, de lecciones
de canto y de mujeres ajenas.
No era aquellos, como vi más tarde, hombres tales que pudiesen darme mucho o
de los cuales se pudiese esperas obras grandes. Con todo, aquello fue para mí,
después del helado mundo libresco, el primer contacto con el mundo cálido y vivo del
arte. En ese facsímil bohemio de ciudad pequeña, estaban representadas todas las
actividades del espíritu. Veía en ellos, a los hombres que hacían, que creaban, que un
día u otro alcanzarían la gloria, y no ya las imágenes tiesas de los muertos célebres,
solemnes y sepultados.
De aquellas juventudes obscuras, afanosas, ebrias de sueños y trabajadas por la
duda, saldrían los genios de mañana, los conquistadores de la eternidad, los felices
donadores de bellezas nuevas. Y yo quería ser uno de ellos, sentirme compañero,
hermano, en esta subterránea búsqueda de la belleza y de la fortuna.
Nos encontrábamos todos los días de fiesta en casa del mayor de nosotros: se
bebía café, se fumaba, (¡los primeros cigarrillos!), se hablaba con enfática sinceridad
de un libro nuevo, de un escritor descubierto entonces, de un artículo, de una ópera,
se discutía, se luchaba, se aullaba. Los poetas leían entre las interrupciones, del
entusiasmo de todos, los poemillas escritos durante la semana, y uno entonaba en la
flauta una pastoral de monótona ternura, y otro ejecutaba algo de Bach o un trozo de
música suya.
Todos nosotros teníamos la firme esperanza de estar designados para la gloria y la
grandeza. Cada uno de nosotros admiraba a los demás y estos le admiraban. No había
envidia o rivalidades. Queríamos engañarnos y soñar: una de las frases más repetidas
entre nosotros era: «que era preciso beber a grandes sorbos en la copa de la quimera».
Qué era y en qué consistía esta famosa quimera, de la que se hacía tan inmoderado
uso dominical, nunca lo he podido saber.
Entre aquellos cinco afiliados, yo también tenía mi parte. Allí yo representaba al
crítico, al erudito, al filósofo. A mí se dirigían para tener noticias históricas o títulos
de libros o luces precisas sobre las teorías de moda. Gozaba entre ellos de una fama
de ilimitada sapiencia, que solo en parte, y respecto a la ignorancia, de los demás,
sentía yo merecer. Pero esta reputación y mi no del todo vencida taciturnidad, me
hacían, más autoritario y temible de lo que era preciso. Y a ellos, casi por miedo a la
enorme estima que tenían por mí, nunca les leí nada de lo que iba escribiendo
recogidamente, por ese tiempo, en torno a los más embrollados problemas de la vida
y de la muerte.
Aunque me sentía bien en aquella periódica baraúnda poética, sentía, no obstante,
que no me bastaba, que algo más andaba buscando mi espíritu, ya saciado y elevado a
las abstracciones y a las construcciones conceptuales. Gozaba allí al calor de ese
entusiasmo ligero y un poco vulgar: la poesía me ensanchaba y afinaba mi
sensibilidad; la música, saboreada entonces por primera vez, acompañaba con ritmos
más graves mis galopadas visionarias.
Pero no sentía en ninguno de mis nuevos amigos, la pasión por el pensamiento
desnudo, el hábito del razonamiento, el gusto y la práctica de la controversia lógica.
Y después de un par de años acaeció mi traición: —les abandoné poco a poco por
otros compañeros, por otras orgías cerebrales.
Eran tres, los nuevos. Uno, estudiante de medicina, rubio y bello, que prefería a
Shelley y De Musset a los tratados de la psiquiatría, y la galería de los Ufizzi a la sala
anatómica; otro, un casi doctor en letras, enano y locuaz, ratón de librerías, poeta de
incógnito, a veces bebedor y amigo de diversiones, pero en fin, un buen muchacho; el
tercero era un muchachuelo menor que todos nosotros, irregular en todo, escolar de
ninguna escuela, estudioso de ningún argumento, enemigo jurado de toda disciplina
desconfiado de sí mismo y muy orgulloso, cínico y melancólico. Comprendí en
seguida que en este había más alma y mejor paño que en los otros dos, y a él,
especialmente, me uní desde los primeros tiempos. El mismo día que le conocí, nos
peleamos, pero pronto le tuve de aliado contra los otros dos que representaban en
nuestros numerosos encuentros cotidianos, la poesía, la literatura, la elegancia, el
snobismo —en una palabra, aquel espíritu dannunziano que comenzaba entonces a
hinchar y a estropear antes de tiempo a los jóvenes italianos. Nosotros dos, en
cambio, estábamos por el hecho, por el saber certero, por las ideas, por la teoría
simple y simétrica, por la dura filosofía.
Durante muchos meses conseguimos estar juntos y discutir sin demasiada
amargura. Algunas simpatías comunes, y especialmente algunos odios sentidos
fuertemente por todos, nos mantenían estrechamente unidos. Al cabo, sin embargo, se
empezó a punzar y a herir; de la ironía se pasó pronto al sarcasmo, a la injuria, al
ataque. La compañía terminó misteriosamente; hubo en el aire una sospecha trágica.
Finalmente se acordó la separación absoluta y perpetua: dos de una parte y dos de
otra. Vuelvo a ver ahora el lugar y la hora en que fue decidido y resuelto en pocas
palabras el abandono irrevocable. Nos separamos sin adioses ni estrechamientos de
manos. Y yo me quedé, a la caída de la tarde, con un amigo solo, con el único amigo
de toda la vida, con un amigo todo para mí.
Pero tampoco me detuve en el monismo. Era, como soy, vagabundo y voluble. Y
luego el pensamiento no se detiene. El final de la última página no es más que el
exordio de una nueva partida, y cada cima alcanzada es un trampolín para otros
vuelos.
Conquistado el sentido de la unidad, se me plantó delante la pregunta que retorna
eternamente: ¿De qué está hecha esta unidad? ¿Qué nombre tiene la substancia
invisible y omnipresente que todo lo hace y todo lo es? ¿Materia? ¿Éter? ¿Energía?
¿Espíritu?
Reconstruí en mi interior, a grandes trazos, el drama de la filosofía. Contra las
primeras afirmaciones naturalistas surgían las réplicas racionales. El universo de agua
y de fuego, de corpúsculos o de vértices, se convirtió poco a poco en el mundo de la
razón, en la múltiple encarnación de las ideas, en la cristalización de la palabra
divina, en el río variable de las imágenes, en el reino del espíritu manifestado. La
solución idealista me conquistó Esse est percipi. La realidad inmediata es la
sensación. La sensación es un hecho nuestro, del alma, más allá no sabemos nada.
Único espía y testimonio de la realidad, es este continuo surgimiento y resurgimiento
de estados y acontecimientos de conciencia. El mundo es nuestra representación. Mi
filósofo no fue Schopenhauer, sino Berkeley.
¿Hay algo más allá de la representación? El conocimiento, ¿es una fiel ventana
sobre lo real o un sistema de cristales deslucidos e historiados que filtran solo
imágenes falsas y sombras inciertas de verdad? ¿Y existe, verdaderamente algo tras el
conocimiento, o la nada, como detrás de la vida? ¿Sería quizás, únicamente, el espejo
de sí mismo, corteza sin tronco y vestidura en el vacío?
Estas preguntas que el hombre sano no se hace; que el filósofo de oficio hace
callar con las sentencias y los expedientes de la profundidad verbal, me turbaban
profundamente, me forzaban a un juego cerebral sin descanso, a una caza
desesperada de argumentos, de sofismas y de escapatorias; me hacían afanoso,
inquieto, incansable, como si mi vida misma dependiese de ellos. Ahora, a una
distancia de años, veo toda la ingenuidad de mi modo de plantear los problemas y la
tosquedad de las soluciones, pero, en aquellos días se trataba de cosas graves, de
acontecimientos interiores mucho más importantes que un primer afecto y que una
ganancia inesperada. El pensamiento era la vida y la elección de una teoría era la
dirección de una existencia.
Todas las tardes, de cuatro a siete, y, después, de ocho a doce discusiones —
discusiones con amigos y con enemigos, discusiones en alta voz, con empeño y furor,
íbamos bordeando el río amarillo o por las avenidas altas, entre la gente, entre los
árboles, bajo el cielo tierno y esfumado del crepúsculo, bajo el cielo lluvioso o todo
estremecido de estrellas descaradas, en medio de la muchedumbre, de la niebla, de
los carros estrepitosos; sobre las losas mojadas, sobre los guijarros relucientes, sin ver
nada, ni sentir nada, sin darnos cuenta de aquel mundo exterior, del cual se negaba o
se confirmaba su existencia cada media hora. Teoría del conocimiento; percepción y
representación, objetivo y subjetivo, idealismo y realismo, Kant y Stuart Mill,
sentidos y razón. Platón y Locke—; toda la armería gnoseológica, desenvainada y
blandiendo, centelleando. Y volvíamos a casa roncos, atontados, sin una certidumbre,
sin un punto seguro, y con la duda de que toda esta mixtura de definiciones, dilemas e
inducciones no fuese sino el efecto de un ridículo malentendido, de una simple y
humilde cuestión de palabra.
Pero el idealismo resistía. Me parecía la única tesis lógica, —y porque era lógica
no se detuvo en mí con la habitual igualdad entre exterior e interior. El mundo es
representación, sí, pero yo no sé de otras representaciones ajenas a las mías. Las de
los demás me son desconocidas como la esencia de los fenómenos inanimados. La
muerte de los otros existe solamente como hipótesis de la mente mía. El mundo es,
pues, mi representación— el mundo es mi alma— ¡el mundo soy yo!
¡Qué maravilloso descubrimiento, que imprevista iluminación! Ninguna idea me
sacudió y transformó como esta. No me curé de su estrambótica inverosimilitud, no
pensé que pudiera ser un equívoco dialéctico, una simple trasposición de lenguaje y
nada más. Su misma locura inflamaba mi fe. ¿Nadie cree en ella ni puede creer?
¡Tanto mejor! Creo yo. La verdad más profunda se descubre siempre tarde y al final.
Y creí en ella con todo el cerebro; y la tomé seriamente, a la letra, extrayendo las
más lejanas y absurdas consecuencias. Mi vida se hizo fantástica y divina, sin que
nada hubiese cambiado en torno mío.
El mundo todo no era más que una parte de mi yo: de mí, de mis sentidos; de mi
mente dependía su existencia. Según mis movimientos, las cosas surgían o
desaparecían. Volviendo, resurgían; dejándolas, se deshacían todavía una vez más. Si
yo cerraba los ojos, morían todos los colores; si me tapaba los oídos, ningún sonido,
rumor o armonía rompía el silencio del espacio. Y última consecuencia: cuando yo
muera, todo el mundo será aniquilado. Restábame una última duda ¿moriré como los
demás? ¿Puedo pensar que mi pensamiento deje de pensar?
¡Y los hombres! Sombras pasajeras sobre el abrigo de mi sensibilidad, fantasmas
evocados por mi voluntad, fantoches pretensiosos de mi teatro interior; ¡qué
diversión! ¡Cuánto más nulos y cómicos que antes me parecían con todo sus
esfuerzos! Pasaba por entre ellos y pensaba: he aquí que creen vivir; que creen existir
por propia cuenta y más aún —pobres creyentes— ¡creen en ser inmortales! Y no
saben que no son sino figurillas apresuradas en mi pupila, recuerdos o expectativas
leves de mi alma, gotas inconscientes de un río de imágenes que solo en mí tiene su
fuente y desembocadura. Sigo adelante: helos aquí, de nuevo, enterrados en la nada y
que, sin embargo, se consumen satisfechos como si les aguardase una vida plena y sin
término.
Y mirándoles sonreía, y no les odiaba ya, y hasta todo rencor por su injusto
desprecio había desaparecido. Ya no era más la víctima: me sentía entonces dueño y
dominador —el único vivo en una plaza de sombras.
Creo haber experimentado en esos días algo semejante a lo que experimentaría
Dios siempre, si en verdad existiese. Era incansablemente creador y aniquilador, y el
mundo estaba a mis pies, como si yo pudiese rehacerlo diferente por completo y
reabsorberlo con un solo acto. Experimenté, por momentos, una tal embriaguez
metafísica con este pensamiento, que me parecía no ser ya aquel pequeño yo mismo
que soportaba, sino haberme transfigurado y agigantado de pronto como un Dios que
surgiese, repentinamente, de la mezquina envoltura de un hombre.
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