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Diario 1900 - Hermann Hesse

Foto del escritor: Amenhotep VIIAmenhotep VII


Basilea, 15 de abril, 1900

¡Estos atardeceres templados y verdes en Riehenhof! Hacía meses que no lograba rimar ni una línea y ahora fluyen suaves y sin fin los versos, ¡versos! Todo es como lo describen las bellas antologías: primavera, verdor tierno y canto de mirlos, una bendita niebla dorada esconde el mundo a los ojos del poeta. Estoy tumbado en la hierba, camino por las praderas, me recuesto al atardecer en la habitación, voy a tomar un vino, y mis labios están calientes y rojos de tantos versos. Ningún contenido, ningún pensamiento, sólo música de esbeltas y risueñas palabras, sólo ritmo, sólo rima. Al mismo tiempo soy consciente de que estos versos, por muy buenos que sean, no son siquiera lírica, y que pronto recordaré con dolor e ironía y el de ayer como algo inconcebible, hermoso y pretérito. Además siento como si un poeta hubiera cantado ya en versos muy bellos las cosas que ahora pienso, hasta agotarlas, y si recapacito un poco, resulta que es el incómodo amigo Heine y éstas las estrofas:

No digas que me quieres. Sé que lo más bello de la tierra. La primavera y el amor. Tienen que perecer.

La primavera y el amor. ¿Amor? No sé. Se trata únicamente de un nombre. Para mí el amor es este lirismo delicuescente que me invade de vez en cuando como una forma especial de la sentimentalidad y que es tan dulce como debilitador. ¿O debo pensar en esos momentos en Elisabeth? ¿Acaso es amor, que a veces tenga ganas de decirle más cosas de las que se dicen en general a las chicas? ¿Qué a veces me entristezca imaginar que le hago confesiones y debo alejarme cubierto de vergüenza? ¿Acaso no debería modificar la base insegura de toda mi vida actual, poner una base pétrea y desde ella perseguirla con la bandera roja de la pasión, con tempestades y sacrificios? Cuando recuerdo aquella grave y ardiente pasión con la que sucumbí siendo todavía un chiquillo al primer amor de mujer, aquellos arrebatos, aquellas noches de llanto y aquellos proyectos de vida planeados en la fiebre, cruzados por súbitos pensamientos de suicidio, y sin embargo tan felizmente audaces, aquella furia de murmurar mil veces el nombre de Elisa en la cama, de cantarlo en el jardín, de gritarlo en el bosque, cuando pienso en todo ello, tengo que reírme con tristeza y no puedo llamar amor a esta delicada inclinación. Un estado de ánimo, un acorde en tono menor, un tímido de un poema vagamente elegíaco, y a pesar de todo, desde hace años la única, aunque débil emoción que me sugiere la palabra amor. Quizá sea el mismo entusiasmo ardiente de entonces, matizado hacia tonos más pálidos, más efímeros, gracias a mucha filosofía, mucho arte y mucha ironía. Mas a veces sueño con aquel antiguo amor tan rojo y tan color de fuego, añoro una pasión que estridente y báquica entreteja la insolencia y el descontento hasta la desgracia. ¿Son todo lo que me queda este sueño y esta nostalgia, son el eco del antiguo amor o el presentimiento de otro amor cercano, aún posible? ¿Brota este sueño puro del subconsciente, del instinto y del recuerdo perdido, recibe sus colores de Böcklin y su compás grandioso y demoníaco de Chopin y de Wagner? Creo que nadie está tan a oscuras sobre las razones de su vida interior y sobre las verdaderas causas de sus deseos y su descontento, nadie encuentra una oscuridad cada vez más profunda que aquél que observa sus sensaciones más fugaces y busca el origen de toda excitación. Como si por eso el inconsciente amedrentado se concentrase aún más y, asustado, se ocultase hasta de la mirada más cautelosa.



Basilea, 13 de mayo, 1900

La impresión del lago sigue actuando suavemente. Su belleza es inagotable, y ahora que las montañas tienen aún nieve profunda, es más fresca y más pura. A pesar de todas las visitas que le he hecho, siempre está nuevo, lleno de consuelo y riqueza. Cada vez que me acerco al muelle de Lucerna siento su encanto, intensificado o transformado. No me refiero a las hermosas praderas, ni al Pilatus, ni a los bosques o al Rigi, la montaña más aburrida del mundo, lo que entusiasma tanto mi vista es exclusivamente la belleza de esta agua clara, que es capaz de todos los colores y matices, desde el negro azulado hasta el verde y el gris, o el plata más plateado. El agua tiene tan pronto un tono gris, pesado y metálico, como un tono verde claro, fresco cuando baten ligeramente las olas; a veces el lago se cubre de aceite, como dicen desesperados los pintores. Eso es lo más bello, esas manchas del más diverso color, delimitadas a veces por un marcado contorno, a veces disueltas en las gradaciones más sutiles, y encima las sombras de las nubes azules y los reflejos de la nieve, plateados o plomizos según el sol. Desde gran altura pierde el lago casi todo su encanto; desde la barca o, cuando hay mucho sol, desde Morschach o Seelisberg resulta más hermoso. Hace poco observé allí un verde azulado, freso y luminoso, como el azul tardío que aparece en el cielo después del crepúsculo, pero no con un matiz dorado sino plateado, ese color indescriptible y su transición al plata mate me proporcionó un placer inmenso, una sensación de liberación de la ley de la gravedad, una sensación de disolución, como si mi alma se hallase extendida, fresca y sin saber nada de mí sobre la bahía silenciosa del lago, toda éter, color, belleza. Pocas veces una impresión de tipo artístico, poético o filosófico me ha transportado a esta altura a esta serenidad. No se trataba ya del placer ante la imagen bella, de la agradable autosugestión que uno se permite ante buenas obras de arte, la visión de este color me hizo disfrutar por algunos momentos del triunfo de la belleza pura sobre todas las conmociones de la vida consciente e inconsciente. ¿Acaso no he dudado a veces de mi buena estrella y he tenido que dar la razón a ciertos ataques de este tiempo contra la «Weltanschauung» estética? Ahora sé que mi religión no es superstición, que merece la pena contemplar todas las cosas materiales y espirituales exclusivamente en su relación con la belleza y que esta religión puede ofrecer exaltaciones que por su pureza y beatitud no son inferiores a las de los mártires y santos. Y era cosa que yo sabía hacía tiempo que esa religión exige sacrificios igual de grandes y depara tormentos, dudas y luchas no inferiores. En relación con la belleza albergamos en nuestro interior el mismo pecado original, las mismas caídas y resurrecciones, la misma sensación de miseria alternando con felicidad que en la vida del cristiano. En el fondo los seres verdaderamente piadosos son, para nosotros los estetas, los únicos adversarios dignos, porque sólo ellos conocen tan profundamente como nosotros los abismos de la vida cotidiana, el sufrimiento bajo la ignominia, la entrega al ideal, el respeto a la verdad y la consecuencia implacable de la fe. Desde el fin de la época antigua, que nosotros no llegaremos nunca a comprender más que aproximadamente, sólo estas dos vías han ido más allá de lo vulgar; intuyo que los caminos del esteta y los del cristianismo también pueden perseguirse perfectamente en la historia de la filosofía. En todo caso la vía del pensador en el momento en que toma una posición frente a la eternidad pasa también por los mismos sacrificios y sufrimientos, por el mismo dolor de una herida siempre abierta, por la renuncia al mundo en todos los sentidos, por la aversión dominada y por la misma oscuridad de la duda en el ideal. ¿El ideal que siempre se halla en contraste doloroso con el «mundo» es el ideal del filósofo, el del esteta o el del cristianismo? En todo caso los tres sufren y los tres rechazan los compromisos; es decir, el «según el caso» y el humor. ¿O acaso existe verdaderamente un humor —aparte del chiste fácil—, cuya última razón no sea una debilidad, una trampa o una retirada ante la dolorosa consecuencia del idealista? Porque, ¿acaso no se siente en toda conversión ingeniosa un límite cuando alguien, quizá con mucho ingenio, toca asuntos cuya esencia es la dignidad y cuya introducción en el ámbito del chiste remueve incluso la conciencia del más zafio? ¿Cómo se va a colaborar en una comedia, cuando se sabe que la gracia de ésta reside en la miseria de las personas? Mas precisamente la caída de un héroe en la bajeza tiene un encanto extremadamente cómico para el idealista tolerante. Matas este seductor encanto es uno de los sacrificios que debemos al ideal. Los enamorados exaltados, que al enterarse de que la dote es pequeña retroceden tan cómicamente, los héroes que en el camino hacia algo noble venden, en un momento de agotamiento físico, su ideal por una comida, y todas las demás figuras de la comedia tienen generalmente muchos hermanos entre los espectadores que aplauden, para los que el encanto más fuerte de la obra reside en el semidespertar de su conciencia. Más de uno tendría momentáneamente ganas de indignarse, pero como le falta valor y como ha naufragado cien veces en los mismos escollos, aplaude al héroe y le limita, vendiendo su ideal por el placer de reír. Conozco a pocos que consigan —yo mismo lo consigo pocas veces— disfrutar de una comedia, casa de que lo merezca, puramente como manifestación artística, sin relación con la comicidad del contenido. Las pocas comedias de este tipo que he visto me suelen poner de mal humor o triste, según la calidad artística.



Vitznau, 5 de septiembre, 1900

¡Oh, si ahora tuviese la ingenua ansia de placer de mis años mozos, si mi corazón fuera como entonces capaz del latido embriagado y voluptuoso! Pero a pesar de todo, cada día celebro un rosario de fiestas. El lago se desvela poco a poco a mis ojos atentos y me mantiene constantemente cautivo en un círculo de llamadas, encantos y sorpresas. De vez en cuando se retrae, me hace esperar y, de improvisto, me arroja a manos llenas tesoros que me deslumbran. He captado bien los fundamentales cambios cromáticos de las distintas ensenadas, la rosa de los vientos y las horas del día, pero ¿qué significa este esqueleto frente a la vida desbordante y festiva que sin objetivo ni norma se desangra y renueva de un momento a otro con increíble vitalidad? Paso todas las horas del día espiando los juegos cromáticos y los secretos del lago. Después de recorrer en los primeros días los caminos de la orilla incontables veces, paso ahora casi todo mi tiempo sobre el agua. De vez en cuando vuelvo a las vistas desde lo alto, sin grandes descubrimientos. Desde la altura escarpada del Hammestsch el agua solaza aún mi visita, más arriba se va desvaneciendo metro a metro el brillo y el color y desde Rigikulm el lago aparece chato y casi gris. Desde poca altura ofrece aún algunos encantos sutiles, especialmente contemplado a través del bosque, donde las hojas de las hayas, de los castaños y las encinas crean deliciosos matices. Pero ¿por qué buscar estas vistas más pobres y remotas y desperdiciar tiempo y sol? Prefiero navegar todo el día en barca por el lago abierto y las ensenadas. Una barca de quilla ligera, un cigarro para los momentos de descanso y un tomo de Platón, caña de pescar y aparejos de pesca constituyen mi equipo. ¿Llegará el día en que pueda cantar con palabras poéticas este torrente de dicha multicolor y de momentos de excitación cromática? ¿Estas llamadas, estas ansias, estos deseos, estas súbitas satisfacciones, estos súbitos éxtasis y deslumbramientos? Hoy sólo sé balbucear y tomar notas prosaicamente. Quizá la cosa quede ahí, quizá el lenguaje no sea siquiera capaz de seguir a los ojos que observan y disfrutan individualmente, más allá de los primeros y más burdos matices. También los pintores se abandonan al instinto en las mezclas aparentemente más simples y emprenden caminos problemáticos propios. ¿Es imaginable un puntillista del lenguaje? Sin embargo, ¿qué significa verde-azul? ¿O azul perla? ¿Cómo expresar el leve predominio del amarillo, por ejemplo, del azul cobalto, del violeta? Y en este predominio leve se halla todo el dulce secreto de un ambiente, de una combinación que nos hace felices.

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